Recorre las redes sociales una imagen de una niña que le pregunta a su mamá qué es rendirse. Y su madre le dice algo así como «no lo sé, soy una mujer». Puede que su condición femenina tenga algo que ver. O quizás simplemente sea su gran humanidad. Pero con Blanca Basanta, Cristina Saiz, Elena Vigón y Andrea Erea, uno tiene esa sensación; que son mujeres capaces de luchar siempre. Las cuatro comparten juventud y un proyecto; salen los fines de semana a repartir café con leche caliente y bocadillos a personas indigentes.

Blanca, Cristina y Andrea, coordinadas por Elena, que es la mayor de todas, hablan con tanta autoridad de ayudar a los demás que a uno le cuesta hacerse a la idea de que está charlando con unas adolescentes -de hecho, dos son menores de edad-. Ellas participan en un proyecto fácil de explicar pero con una trascendencia descomunal: se trata de coger café, unos bocadillos y salir a la calle a ofrecérselos a las personas que piden o viven sin un techo que las ampare. La experiencia, que llevaron a cabo en Pontevedra y que repetirán en breve, les ha cambiado el prisma con el que ven la vida.

Cuentan estas jóvenes que pensaban que se iban a encontrar a pie de calle «con gente brusca». Andrea, la más pequeña, es la que lo dice con palabras más francas: «Yo creía que en la calle habría gente horrible». Pero lo que vieron y, sobre todo, lo que sintieron no tuvo nada que ver con eso. Recorrieron las calles justo un día de lluvia y frío enorme. Y repartieron 38 cafés y veinte bocadillos. «Nos dimos cuenta de que todas las personas a las que les ofrecíamos el café se ponían contentas. Tocaban con las manos el vaso y agradecían el calor que les daba», explican.

Les sorprendieron tantas cosas que es difícil resumirlas. Para empezar, que personas que no tienen nada, que viven con lo puesto, y lo puesto son viejos trapos, sean solidarias: «Ofrecimos bocadillos a personas que nos dijeron que ya habían comido y que fuésemos a buscar a más gente que tenía hambre. Le decíamos que lo guardasen para cenar y nos insistían en que ellos ya comieran, pero otros no». Cuentan que se encontraron con un hombre que les preguntó si el bocadillo era de jamón asado caliente. Ellas le dijeron que solo tenían jamón cocido o queso. Él cogió lo que le daban, sonrió y señaló: «Me lo comeré imaginándome el jamón asado calentito».

El reparto duró unas horas. Pero sus efectos siguen haciendo mella. Lo cuenta bien Elena:

Yo ya no miro a las personas que están en la calle igual. Antes igual pasaba y casi no las veía. Ahora me fijo en ellas. Y la gente a la que le dimos café o bocadillos tampoco nos mira igual

(La Voz de Galicia, 27.03.2016)

Fotos Navidad 2016

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